Después de tantos disgustos provocados ajenamente o auto-infligidos, finalmente, le tomé el gusto a la felicidad. Porque lo dulce no es tan dulce, si no existe lo amargo. Y al fin puedo sentir la alegría recorrer todos y cada uno de los puntos de mi cuerpo y mente.
Supongo que fue porque decidí cambiar, pues me estaba hundiendo yo sola, y sola tenía que salir, y fue en un momento de reflexión en el cual pensé lo que estaba perdiendo; lo que no quería perder. Más que las relaciones sociales -entiéndase familia, amigos-, más que la belleza del mundo, más que el conocimiento que pueda adquirir a través de los años y de los grandes escenarios que contempla la realidad, lo que más miedo me dio perder fue todo lo que compartimos, todo lo que fuimos, lo que somos, y lo que podríamos llegar a ser. Mi mayor miedo es perderte a ti. Y bueno, cada minuto que pasa es otra oportunidad para cambiarlo todo.
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